10 de enero de 2014

10 de enero de 2014

Un día tras otro observo decenas de trenes llegar a la estación para abandonarla pasado un minuto. En ocasiones me subo a uno de ellos para realizar el mismo viaje, una y otra vez, un trayecto no muy largo pero carente de todo interés. Si hay suerte me puedo sentar y leer un rato, caso contrario siento como el movimiento del tren me zarandea en el interior del vagón, complicándome cada vez más las cosas para no devolverle al mundo mi primera papilla. Es el tren de la rutina, fácil de subir en él pero difícil de apearse.

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